Chapter 1

ABORDANDO LA TORMENTA: UMBRAL AL PRIMER MISTERIO

 

✦ ABORDANDO LA TORMENTA:

UMBRAL AL PRIMER MISTERIO

   ─ Se disponía a salir vistiéndose sin prisa, cuando, de reojo, observó, mientras se calzaba el pie izquierdo, un detalle antes desapercibido. En el extremo más interior de la mesita de noche colindante con la cama, un destello de luz minúscula parpadeaba, aunque tenue y oculto a la percepción de cualquier mirada que no fuera casual y coincidente con la mala suerte. Porque en otra circunstancia que no fuese casual, era casi imposible cerciorarse de la existencia del artilugio. Sin inquietarse, procede con ligereza y sigue observando sin mover un músculo. A los pocos segundos, acercó la cabeza y, mentalmente,  tomó nota. Era el objeto allí disimulado, una especie de audiocámara diminuta que registraba voces e imágenes. Les habían grabado. La entrega intensa de hace un momento luce haber sido vista y escuchada, quizás, por el exmarido, un conocido oficial de la guardia costera, un sicópata y posesivo que la acosaba con la pretensión violenta de retenerla a toda costa.

La instancia del destino en su inmediatez se presentaba prometiendo un mortal desenlace como para evitar pensar en alguna posibilidad de otro futuro que no sea el que en forma inminente se le acercaba:

 —Sabrá Dios quién o qué estará esperándome allá afuera—, murmuró.

Precisamente allí, junto a la salida,  agazapado entre las sombras, acechaba el destino con su encargo. El secreto de ambos ya no lo era.

Con ternura elocuente, Marcial deposita en la frente de la mujer un beso sutil y prolongado, mientras ella aún duerme. Era el beso reservado para una ocasión como esta.

Sumida en la placidez del sueño, permanece ignorante de la forma tortuosa en que terminará la breve vida del furtivo encuentro. Él le acaricia el abundante pelo por última vez. Su cuerpo voluptuoso se dibujaba bajo las sábanas, impregnadas del sudor más apasionado. Luego, sin despertarla, desciende resignado la escalinata y avanza sin demora hacia el minuto mortal que lo aguarda. Los secuaces lo golpearon hasta dejarlo por muerto. Un desarrapado sin techo observaba la escena, guarecido bajo un tenderete que apenas lo cubría; el sujeto, con los ojos abiertos como dos bolas blancas, esperó a que terminara la golpiza antes de acercarse. Sin nadie a la vista, se acerca al desfallecido y le hurgó sigilosamente los bolsillos. Cuando le sustrajo el reloj, el golpeado, semiinconsciente, con energía inusitada, se movió con presteza, liberándose de aquella sombra mojada sobre su cuerpo. Dando un alarido, logró zafarse propinándole un golpe en el torso que le separa un tanto. El vagabundo se levanta y corre hacia el callejón, llevándose lo que había podido hurtar: dinero y el reloj.

A tientas, Marcial logró levantarse; con dificultad va dando traspiés mientras se enjugaba el rostro. La llovizna tenaz y fría le penetró, pero pudo llegar hasta el sedán clásico recién renovado. Se marcha de aquel lugar con un sentido de urgencia, queriendo desprenderse de todo lo reciente.

  Surcando el hueco de la impaciencia, resonaba con estrepito el fantasma de la hora. Se desplazaba con prisa sobre el trepidar del agua helada. La ventolera opacaba. Cubría los cristales disminuyendo la visibilidad necesaria. El agua caía con una furia ciega, como si quisiera borrar la carretera. El viento empujaba el vehículo hacia los bordes invisibles del viaducto. La nieve acuosa, recién caída, se pegaba al parabrisas con una insistencia que parecía personal. Las llantas delanteras perdieron adherencia. El sedán giró sobre sí mismo, golpeó la baranda metálica y se precipitó hacia el fondo del viaducto, donde la oscuridad aguardaba como un animal paciente. En un santiamén la noche se quedó sin sonido. Marcial había iniciado la marcha excediendo la velocidad y ahora yacía suspendido en aquel recodo oscuro de la 95 Sur, saliendo de Nueva Jersey encaminándose a la ciudad próxima, Philadelphia.

La tormenta de temporada afuera constituía la réplica menor de otra tormenta más antigua que estremece la memoria que, con el inusitado accidente, parece que se escapaba en el último minuto del sobresalto. Su peregrinaje mundano no le impidió, no obstante, continuar la misión contraída en su niñez de prodigar caridad al necesitado. Misión de la que nunca adjuro.

Pasaron unos segundos que parecieron eternos. El accidente no acaba de inmediato. Lo deja suspendido entre dos mundos con el cuerpo atrapado en una postura difícil, encajado en el armazón deshecho del auto y los pensamientos en tropel. La sangre le corría por las cejas y los labios golpeados. Las costillas rotas le impedían respirar con normalidad. La lluvia fría le penetraba como agujas. Pero lo que lo inmovilizó no fue el dolor, sino una irrupción intempestiva que penetró y golpeó el último aliento entre algo más antiguo que empezaba a abrirse.

El frío invernal le entumeció el cuerpo y le nubló la comprensión de lo ocurrido. La luz era apenas una claridad enferma; desde un fondo impreciso llegaba una música sacra, hecha de murmullos y ecos nocturnos. Marcial permanecía en un letargo quebradizo cuando oyó un ruido brotar de la espesura. Intentó incorporarse, pero la densidad del instante lo aplastó como si fuera una emanación surgida de las grutas del cataclismo. Quiso hablar con firmeza, moverse apenas para enfrentar aquel rumor que empezaba a tomar un cuerpo umbroso. La presencia se alargó hacia él. No podía moverse. Entonces un grito ronco le nació desde lo más hondo, y el terror ante lo desconocido lo dejó paralizado, abandonado a su propia gravedad. Aun así, logró ordenar sus inquietudes y, desde sus penumbras, exclamó:

¡Quién anda ahí! ¿Quién vive?

—Nadie —dijo la entelequia con un raspeo de ultratumba.

Más que escuchar la respuesta, Marcial sintió que aquella transmisión siniestra se reproducía desde sus miembros inmóviles.

—Entonces —respondió, con una lucidez súbita:— si no eres nadie, no existes en esencia. Y si no existes, no eres tú quien ha sido enviado para atormentarme.

—Razón tienes para pensar así de mi presencia —sentenció la voz.

A continuación, resuena un ronquido espectral.

La voz volvió a hablar, no desde afuera, sino desde el interior de su miedo:

—Soy lo primero que llamas cuando imploras silencio. Soy lo que te atormenta: una esencia sin cuerpo propio, una forma sin vida cuando estoy fuera de la tuya. Soy el peor de tus sueños.  La última realidad que tú has producido: Soy el frío de espanto que te paraliza y te socava el impulso. La inmovilidad que quiebra tu espíritu. Soy la sombra que se alimentó de tus ardores y ahora te deja sin la buena suerte que no llega. Soy la oscuridad que tú creaste, la duda que dejaste crecer y el fantasma que ahora te acompaña. Soy lo que permitiste habitar en ti. Soy lo que quisiste ser, lo que has producido, el resumen de tu trayecto . Soy, por ti, la suma de todos tus temores.

—No soy nada más —concluyó la voz

Durante el pandemónium no se presentaron recuerdos ordinarios. Acudieron presencias entre sombras y voces atropelladas girando en disímiles escenarios. Luego será un desfile de imágenes innaturales que parecían haber aguardado ese instante para levantarse del fondo de un tiempo remoto.

 Pero entre todas, una figura emergió con mayor fuerza, como si se rompiera un sello antiguo: Andrés Connery Lora. El de aspecto solemne. El que caminaba como si perteneciera a otra esfera.

Marcial, allí atrapado entre el metal, la voz espectral y la soledad imperante, sintió que algo final se expandía como un manto de claridad. No fue un simple recuerdo. Era una revelación. Era una vida ajena que empezaba a superponerse a la suya con una historia que no le pertenecía, pero que reclamaba ser contada. Y así, mientras los copos golpeaban el viaducto y los autos pasaban sin detenerse, la figura de Andrés Connery Lora —el hombre marcado por un destino improbable— se abrió paso en el semiinconsciente que esperaba ser socorrido.

Los percances del instante no habían sido solo acontecimientos desagradables. Fue una apertura hacia la zona de penumbras. Una grieta por donde comenzó a filtrarse la historia de aquel perseguido por el incumplimiento de un deseo a todas luces improbable, concitado por una monja andaluza cuyo nombre —Sor Carla Inés Bracamonte— estaba destinado a contener un incendio que ni la devoción ni la culpa pudieron controlar.

Marcial, en la huida del ataque violento fraguado por aquel exmarido de la conquista reciente, inició la marcha a exceso de velocidad y ahora yacía suspendido en aquel recodo oscuro de la 95 Sur, saliendo de Nueva Jersey, desfalleciendo entre el último aliento y algo más antiguo que empezaba a abrirse. Lo demás, lo que recurría en el instante —el miedo, las calles turbias de la Era de Trujillo, la vigilancia, la pobreza, los rumores que serpenteaban como animales ciegos, nocturnales—, no era sino el escenario donde una historia de amor improbable que había incubado su propio destino, impregnada de connotaciones ocultistas,  entre elegías de convento. La tormenta afuera seguía rugiendo. Pero otra historia apenas comenzaba.

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